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La Tristeza

La Tristeza

El lunes se levantó más triste de lo normal. Saludó a su esposa que le contestó un “buenos días” sin siquiera mirarlo. Más tarde llegaban los clientes. O deberían haber llegado. El negocio, desierto, lo deprimía aún más. A las ocho de la noche cerró la puerta con las dos llaves, las guardó en el bolsillo y se dirigió a su casa. Saludó al diariero que le contestó con una mueca. Siguió caminando por las calles llenas de gente y a la vez tan vacías. Preguntó la hora y obtuvo un apresurado “ocho y cuarto”, al pasar y sin mirarlo. Los pasos rápidos, firmes y ajenos se contraponían a los suyos, cansados y pausados que no se oían. Maletines que golpeaban contra su cuerpo. Miradas que no lo veían, orejas que no lo oían. Como si no existiera. Llegó a su casa, su esposa ya se había acostado. Revisó una agenda en blanco, un buzón vacío y un contestador sin mensajes. “¡Quién va a llamar!” murmuro mientras en vano lo revisaba. Prendió el televisor y miró noticias ajenas. Lloró por historias que no le pertenecían, rió de alegrías que no lo incumbían. Pasaba la hora y su angustia crecía. Un vacío en su interior amenazaba con volverlo loco.

El martes a la mañana su esposa se levantó, puso la pava a calentar y se sentó en la mesa de la cocina. Se hicieron las diez de la mañana y de mal humor fue a despertar a su marido. “Te quedaste dormido” le gritó en el oído sin mirarlo. “Levántate” gritó inútilmente a su lado. Tardó en mirarlo y cuando lo hizo soltó un grito de horror. Lo sacudió unos segundos hasta que supo que ya era inútil. A las once llegó la policía para hacer las preguntas de rutina. Once y cuarto ya lo habían olvidado. Nadie pronunció su nombre. No hubo clientes que preguntaran por su ausencia, solo un cartel -inútil, que nadie leía- anunciaba “cerrado por duelo”.

 

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